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La novena sinfonía de Antonín Dvořák

    A. Dvorak

    Antonín Dvořák (1841-1904) compuso su novena sinfonía en mayo de 1893, durante su estancia en Estados Unidos. ¿Qué hacía un compositor checo en Estados Unidos a finales del siglo XIX, y por qué se llama «Sinfonía del Nuevo Mundo»? En este artículo te lo contamos:

    Empecemos por situarnos en el contexto de los años en los que vivió el compositor.

    En el siglo XIX Europa buscaba las esencias de lo europeo

    Estaba acabando el siglo XIX, la era de la industrialización, del ferrocarril y la expansión colonial, pero también de las revoluciones liberales y nacionalistas, del romanticismo y del realismo.

    A medida que el tiempo se aceleraba y el humo de las fábricas cubría los cielos de Europa, sus literatos se interesaban por temas nuevos, buscaban paraísos aún no contaminados, o perseguían las esencias de lo europeo en su pasado preindustrial.

    A la busca de una cultura genuinamente americana…

    Estados Unidos, la nación nueva por excelencia, también se buscaba a sí misma y, como toda nación necesita una cultura nacional, algunos escritores se aplicaron a construir una literatura “genuinamente americana” y ajena a Europa.

    Era todo un reto, porque allí no había pasado histórico al que acudir. Pero sí había parajes grandiosos y pueblos indígenas al borde de la extinción.

    Los pintores norteamericanos pronto comprendieron que los maravillosos paisajes de su país eran lo más genuinamente nacional que podían pintar. Por su parte, novelistas románticos como J. Fenimore Cooper (El último de los mohicanos, 1826) o poetas como H. W. Longfellow (La canción de Hiawatha, 1855) se lanzaron a construir la epopeya de los indios americanos, con mejor intención que exactitud histórica.

    … Y de una música nacional norteamericana

    Pero ¿y los músicos? El caso de los norteamericanos era complicado porque, cuando componían música académica, les salía música europea escrita en Estados Unidos.

    Es paradójico que se demandara una música nacional en este nuevo estado-nación, mientras en Europa tantos compositores escribían la música de naciones que deseaban convertirse en estados: el alemán Wagner, los checos Smetana, Dvořák o Janáček, el polaco Paderewski, el noruego Grieg, el finés Sibelius, los húngaros Bartók y Kodály…

    Y entonces Dvořák llegó a Nueva York, en el momento culminante de su vida creativa y profesional.


    Años de penurias

    Violinista muy precoz, Antonín Dvořák había estudiado violín, piano, órgano y canto. Firmemente decidido a convertirse en músico profesional, componía a un ritmo vertiginoso. Dvorak se encontraba sumido en penurias económicas de las que no conseguía escapar trabajando en orquestas de baile y como organista de iglesia.

    Con su Himno patriótico (1873) consiguió notoriedad en Praga. Pero cuando ganó por tercera vez el premio nacional de composición de Austria con sus Duetos moravos, Johannes Brahms, que había sido miembro del jurado, le ofreció ayuda y consiguió que su propio editor publicara las obras de Dvořák.

    Un checo cosmopolita

    Los éxitos se sucedieron: las Danzas eslavas, música sinfónica y de cámara, óperas y música religiosa.

    Para entonces tenía una justificada reputación como músico nacionalista, así que le resultó más difícil triunfar en la recelosa Viena, que fuera del Imperio Austrohúngaro: en Alemania, en Rusia, adonde viajó invitado por Chaikovski, o en Inglaterra, que lo acogía con fervor y donde fue nombrado doctor honoris causa por Cambridge.

    Dvořák y el Conservatorio Nacional de Música de América

    Acababa de aceptar una plaza docente en el Conservatorio de Praga cuando empezó a recibir infinidad de cartas y telegramas con peticiones de ayuda, de la filántropa Jeannette M. Thurber que, con su propia fortuna y la ayuda de algunos amigos, había fundado en 1885 el Conservatorio Nacional de Música de América, y deseaba poner al frente a una celebridad.

    Ante la insistencia de J. M. Thurber, Dvořák accedió y en septiembre de 1892 se instaló en Nueva York con su esposa y dos de sus hijos.

    El músico aceptó convertirse en su director, impartir clases y dar diez conciertos al año, a cambio de unas vacaciones estivales de cuatro meses y unos ingresos anuales superiores a los que habría percibido en toda su vida profesional en el Conservatorio de Praga.

    Un espíritu musical nacional

    Uno de los propósitos fundacionales del Conservatorio era crear un “espíritu musical nacional”, y esto suponía tanto crear una escuela de música “nacional americana”, como dar a los estudiantes la posibilidad de formarse sin tener que viajar a Europa.

    Dvořák y Thurber coincidían en sus deseos de alentar al estudio a las mujeres y personas tradicionalmente apartadas del sistema educativo, y admitir sin costes a alumnos de etnias minoritarias con talento y sin dinero.

    Un nacionalista checo en el Nuevo Mundo

    Desde que Dvořák llegó a Nueva York, empezó a manifestar su opinión de que el alma de la música estadounidense debía buscarse en su “auténtico” folclore: el legado indio y la aportación afroamericana.

    Ambas tradiciones musicales compartían elementos como la escala pentatónica y los ritmos sincopados, que también caracterizaban la música popular de algunos pueblos europeos.

    Dvořák se empapó de ritmos y melodías indígenas a través de las colecciones conservadas, y escuchó cantar música negra a un estudiante afroamericano del Conservatorio y futuro compositor, Harry T. Burleigh.

    Justamente en 1893 se celebró en Chicago la Exposición Universal Colombina. Dvořák visitó la ciudad y estuvo a punto de participar en una experiencia teatral precursora de los actuales parques temáticos, que acabó frustrándose. Es una posibilidad muy verosímil que escuchara a la banda de ragtime que Scott Joplin dirigía en Chicago aquel año.

    En las entrevistas de aquellos días Dvořák insistió en que en las melodías afroamericanas descubría todo lo necesario para crear “una grande y noble escuela de música”. Las reacciones de indignación  de Bruckner y otros músicos europeos, supusieron para él un acicate.

    La Sinfonía del Nuevo Mundo

    En mayo de 1893 Dvořák había terminado su Sinfonía nº9 del Nuevo Mundo, que la Filarmónica de Nueva York estrenó en diciembre en el Carnegie Hall con un éxito clamoroso.

    Su hijo Otakar, que asistió al estreno, relataba cómo el público interrumpía al finalizar los pasajes más hermosos, y aseguraba que su padre, muy feliz, tuvo que subir al podio a saludar al menos veinte veces.

    Aunque en el primer movimiento hay un conocido tema afroamericano, Dvořák siempre insistió en que emulaba el espíritu de las canciones que había escuchado, sin utilizar melodías preexistentes. Y precisamente son las melodías, extraordinariamente inspiradas, lo mejor de esta obra.

    Los críticos de la época insistieron en su capacidad para evocar la grandiosidad de los “espacios abiertos” del paisaje americano, que indudablemente había impresionado a Dvořák.

    La canción de Hiawatha

    Parece cierto que Dvořák se inspiró para el Largo del segundo movimiento en La canción de Hiawatha, aquel poema de Longfellow sobre un héroe ancestral, fundador de la Liga de las Cinco Naciones Iroquesas. Posiblemente valoró convertirlo en una cantata o una ópera, que nunca llegó a hacer.

    El problema es que ni el corno inglés que canta la melodía es originario, como Hiawatha, de los Grandes Lagos, ni es india la composición. Más bien recuerda tanto las canciones afroamericanas, que el compositor blanco W. A. Fisher arreglaría en 1922 esa melodía para convertirla en el célebre espiritual Goin’ Home.

    Aunque según el compositor el Scherzo se inspira en las bodas de Hiawatha, ese movimiento es el más checo de toda la sinfonía.

    Leonard Bernstein defendía de forma radical que lo que Dvořák había escrito seguía siendo música europea.

    Nostalgia de Bohemia

    Durante sus primeras vacaciones americanas, Dvořák llamó al resto de sus hijos y todos se instalaron en Spillville, el pueblo natal de su secretario, una aldea de inmigrantes bohemios en el corazón de Iowa. Parece haber sido feliz en contacto con el campo, componiendo, tocando el órgano en la misa matutina y hablando su lengua con los lugareños. Sentía nostalgia de Bohemia.

    En los dos años y medio que permaneció en Estados Unidos escribió el Cuarteto Americano, un quinteto, música religiosa y su célebre Concierto para violonchelo, pero ninguna obra fue tan decisiva como su Sinfonía nº9.

    La aventura americana había terminado

    Por fin, en 1895 Dvořák volvió al Conservatorio de Praga, siguió viajando y trabajando, y compuso su ópera más conocida, Rusalka, basada en la mitología eslava.

    La aventura americana había terminado, pero dejaba en el compositor una honda huella personal y en la historia reciente de la música una de las obras más influyentes.


    No te pierdas el próximo concierto de Conjunto Orquestal Académico de Madrid en el que interpretaremos esta maravillosa obra junto con el Adagietto de Mahler.

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